Muerde — Luciano Cáceres se deja la piel… y te la arranca a ti

Muerde no empieza cuando se apagan las luces. Empieza cuando cruzas la puerta y te encuentras a Luciano Cáceres ya metido en el personaje, clavado en un estado mental que da mal rollo, fascinación y pena a la vez. No mira, atraviesa. No interpreta, respira en otra frecuencia. Y tú, sin comerlo ni beberlo, entras en su ecosistema. En su jaula. En su cabeza.

Francisco Lumerman firma un texto que, sinceramente, no parece texto: parece un vómito del alma. Un monólogo desde las entrañas, dicho entre la lucidez y el derrumbe, en un thriller psicológico que se retuerce como un cable pelado. René —el personaje— vive atrapado en un limbo emocional y temporal, en un viejo galpón donde fabrica ataúdes con su padre, relegado ahí desde pequeño por su retraso madurativo y por una familia que nunca le dejó ser parte del "hogar" oficial. Es la vida en bruto: serrín, suciedad, una soledad que pesa como un yunque y un pensamiento que jamás descansa.

La puesta en escena es mínima: una mesa, un martillo, un cajón. Y ya. Pero funciona como un mecanismo perfecto: cuanto menos tienes, más ves. Más duele. Más notas cómo cada objeto se convierte en una extensión de la memoria y del trauma del personaje. Y Luciano se deja poseer por René de una manera que asusta. Su cuerpo, su voz, sus silencios… todo está al límite. Todo es tensión sostenida. Todo es un cable a punto de partirse.

Lo más bestia es que él mismo desaparece. No ves al actor. Ves a René. Ves a un chaval sucio, recluido, atrapado en unos pensamientos que mezclan la inocencia con la violencia más cruda. Ves a un niño que nadie quiso cuidar. Un chaval marginado que sobrevive como puede, que descubre el deseo con Rosa, que delinque de noche por pura supervivencia y que carga con una culpa y un dolor que le pudren el pecho.

Lumerman construye un texto tremendamente visual. Cada recuerdo de René, cada figura que menciona —el padre, la madrastra, el medio hermano, Rosa, el pueblo entero— aparece en tu cabeza como si estuvieran en escena. Y las situaciones violentas, cuando llegan, no necesitan efectos: las imaginas tú. Y quizá por eso duelen más.

La interpretación de Luciano es de esas que te agarran del estómago. No hay artificio. No hay ego. Es de esas actuaciones que solo pueden existir cuando un actor se vacía por completo y te deja ver solo al personaje. Y el resultado es demoledor. René es tierno, patético, feroz, perdido, violento, frágil… y, según el momento, todo a la vez. En un minuto te dan ganas de abrazarlo; al siguiente, te preguntas si deberías correr.

Durante 60 minutos, el espectador vive dentro de una mente fragmentada. Una mente que trata de ordenar un pasado traumático mientras intenta descifrar por qué demonios aparece de repente cubierto de sangre. Y en esa búsqueda, la obra juega a desdibujar los límites entre lo real y lo imaginado, entre la verdad y el recuerdo, entre la culpa y la necesidad de sobrevivir.

Muerde no es un thriller al uso. Es un puñetazo emocional. Una obra que te estruja sin piedad y te deja pensando más de lo que igual querrías. Y eso siempre es buena señal.

100% Recomendada.


Por Manu G Carrasco