El Médico

Un huérfano cristiano de una ciudad minera de la Inglaterra del siglo XI decide que su destino no es morirse de frío y superstición, sino aprender medicina de verdad. ¿El problema? Que para estudiar en la Persia islámica de la época, siendo cristiano, te miraban como si fueras un malware con patas. Así que el chaval se marca una de esas jugadas de "modo sigilo": se hace pasar por judío para poder cruzar fronteras, entrar en Isfahán y sentarse en las lecciones del médico más respetado del lugar.

Esa es la premisa de El médico (Der Medicus), un épico de época muy bien vestido (literalmente: decorados, vestuario y ambientación van fuertes) que intenta ser algo más que "batallita + plano bonito + drama". A veces lo consigue: tiene ideas sobre ciencia, fe, poder y miedo, y no se limita a saltar de una escena espectacular a otra como si fuese un videojuego con presupuesto. Eso sí: por mucho que apunte alto, no se libra de algún cliché de guion que asoma la patita con descaro.

La historia parte con un golpe emocional: el niño pierde a su madre y, desde ahí, descubre que tiene una especie de "sexto sentido" para notar cuándo alguien está a punto de morir. Ese detalle existe, pero no es lo que manda en la peli (menos mal). Lo importante es que acaba aprendiendo con un barbero-cirujano de la época: de esos que te cortan el pelo y, si hace falta, te amputan algo con la misma alegría. Estamos en el año 1021: sanguijuelas, amputaciones a lo bruto y rezar fuerte. Medicina nivel "sobrevive como puedas".

Cuando el protagonista exprime lo poco que puede aprender allí, decide ir a por la liga mayor: Isfahán, donde enseña Ibn Sina (Avicena), filósofo y sabio médico cuyas ideas marcaron a generaciones. El viaje no es un paseo: es sacrificio tras sacrificio… incluyendo uno especialmente íntimo. En un momento bastante extremo (y muy gráfico en lo conceptual), el protagonista se circuncida para pasar por judío, porque en esas tierras los cristianos lo tienen crudo, mientras que los judíos son tolerados… más o menos, con la boca pequeña.

El guion (que se toma libertades históricas, ojo) funciona bastante bien al principio: simplifica un contexto social y religioso complejo sin convertirlo en un ladrillo infumable. Pero en el camino se tropieza con lo típico: el romance "de manual", encuentros y separaciones que huelen a atajo narrativo, y alguna escena que parece resumida como si alguien hubiese dicho: "vale, esto que se entienda rápido y seguimos".

Cuando por fin llegamos a Isfahán, la peli respira. Ahí está en su salsa: la ciudad es un caramelito visual, y la escuela médica (la madrasa) se convierte en el corazón de la historia. Hay un punto de comedia suave con el protagonista intentando encajar mientras finge tradiciones que no domina, y también se construyen amistades y rivalidades con otros estudiantes. Es la parte más disfrutable porque mezcla aprendizaje, tensión moral y detalles cotidianos que dan vida al mundo.

El último tramo cambia de marcha: entra la política dura, el choque de poder y la amenaza militar de los selyúcidas, con líderes religiosos intentando arrimar el ascua a su sardina dentro de la ciudad. Sobre el papel, aquí debería explotar lo más interesante: cómo se usa la religión como herramienta, cómo se manipula al pueblo, cómo convive el avance científico con el fanatismo. Pero la peli lo toca con prisa, como si tuviera miedo de meterse demasiado en el barro. Y es una pena, porque la historia tenía madera para lanzar paralelos bastante jugosos con el mundo moderno.

En lo técnico, el conjunto es sólido: efectos bien integrados, escenarios creíbles y una fotografía muy trabajada… aunque a ratos se pasa con el filtro cálido y el desierto parece naranja Fanta. La música acompaña sin molestar, pero también sin quedarse contigo: correcta, algo genérica.

En resumen: El médico es una aventura histórica de las que se ven con gusto si te mola el rollo "viaje, aprendizaje, choque cultural y ciencia contra oscurantismo". Tiene ambición y momentos potentes, aunque se deja por el camino matices (sobre todo en el tema religioso) y se apoya en algún cliché cuando no haría falta. No es perfecta, pero tiene ese punto de epopeya clásica bien hecha que ya casi no se estila.