Animale

Animale demuestra que pocos géneros saben canalizar la rabia femenina y el deseo de venganza tan bien como el terror. Pero lo interesante de esta película francesa de horror fantástico es que no tira por el camino fácil ni por la fórmula más obvia para explorar los demonios de su protagonista. En lugar de buscar el impacto rápido, apuesta por algo más incómodo, más simbólico y también más salvaje.
La historia sigue a Nejma, interpretada por Oulaya Amamra, una joven que vive en el sur rural de Francia y que sueña con abrirse paso en el mundo de la tauromaquia, un entorno dominado por hombres, cargado de brutalidad, violencia y una masculinidad bastante podridita. Desde el principio queda claro que Nejma no solo lucha por entrar en ese espacio, sino también por sobrevivir dentro de él sin dejarse aplastar por quienes la desprecian constantemente.
Dirigida y coescrita por Emma Benestan, Animale no reinventa del todo las claves del subgénero de transformación animal dentro del terror, pero sí sabe jugar muy bien sus cartas. Lo hace desde la sutileza, dejando caer poco a poco los elementos de body horror como pequeñas señales de lo que está por venir. No necesita lanzarte la carnicería a la cara cada cinco minutos para incomodar. Y eso, en este caso, le sienta bastante bien.
Hay momentos en los que la película podría haberse permitido ir más lejos en lo físico, en lo gore, en lo visceral. Pero también es verdad que su prioridad está en otro sitio: en Nejma, en su mirada, en su rabia contenida, en todo lo que calla y en todo lo que su cuerpo empieza a expresar cuando ya no puede seguir tragando más. Y ahí es donde Oulaya Amamra se convierte en el gran pilar de la película. Su interpretación sostiene el peso emocional y simbólico del relato, evitando que la historia se desmorone bajo sus propias ambiciones temáticas.
En el mundo de Nejma casi todos son hombres. Vive y trabaja en una ganadería de toros, rodeada por un entorno hostil en el que la violencia no solo se ejerce contra los animales, sino también contra ella. Incluso cuando intenta hacerse un hueco, cuando se prepara para entrar en el ruedo, lo hace dentro de un sistema que la quiere domada, controlada y reducida. Lo más potente de la película está precisamente en cómo muestra esa tensión: Nejma no explota abiertamente, no grita, no rompe de inmediato. Ha construido una especie de armadura emocional, un lenguaje propio, una forma de resistir sin darles el gusto de verla caer. Y eso es algo que muchas personas van a reconocer enseguida.
Pero claro, llega un punto en que tanta violencia, tanta humillación y tanta presión dejan de poder esconderse. Animale plantea entonces una idea muy potente: si el mundo la trata como a una bestia, como a algo que debe ser poseído, dominado o castigado, quizá abrazar esa animalidad pueda convertirse también en una forma de poder. La conexión de Nejma con los toros, con esos otros cuerpos también sometidos y brutalizados, se convierte en uno de los ejes más interesantes de la película.
La cinta tampoco intenta engañar demasiado al espectador. Su gran revelación del tercer acto se ve venir si estás mínimamente familiarizado con los relatos de violación y venganza. Pero tampoco pasa nada, porque Animale no necesita vivir del shock para tener peso. Su fuerza está en cómo construye la experiencia emocional de Nejma, en cómo mezcla realismo mágico, imágenes simbólicas y terror físico para hacernos sentir su dolor, su furia y su transformación.
De hecho, casi da igual si la película confirma o no de forma literal que Nejma se está transformando en un toro. Lo fantástico aquí no importa tanto como metáfora aislada, sino como prolongación de la violencia ritual que la rodea desde el principio. La transformación funciona más como una respuesta del cuerpo y de la naturaleza a todo lo que ha sido reprimido. Y cuando la película abraza esa idea, encuentra sus momentos más poderosos y más catárticos.
Ahora bien, Animale también tiene sus flaquezas. Aunque su discurso está clarísimo y su atmósfera funciona muy bien, la película no siempre termina de tener del todo claro qué quiere ser a nivel narrativo. El argumento es bastante escueto, los diálogos son mínimos y algunas de las muertes o giros pierden impacto porque el misterio real no está tanto en el qué, sino en el cómo se ha llegado hasta ahí. En ese sentido, hay tramos donde la historia pesa menos de lo que debería.
También se echa en falta algo más de desarrollo en el pasado de Nejma, especialmente en su relación con su madre. La película va soltando información a cuentagotas, y aunque eso a veces juega a su favor, también deja la sensación de que podría haber profundizado más en ciertos aspectos del personaje para que el golpe emocional fuera todavía mayor.
Aun así, Animale funciona como un retrato potente, incómodo y cargado de simbolismo sobre la violencia, la identidad y la rabia femenina. Puede que no sea una película redonda en lo narrativo, pero sí tiene una voz propia, una protagonista magnética y una forma muy particular de convertir el dolor en imagen. No descubre nada completamente nuevo, pero lo que cuenta sigue siendo igual de relevante, y lo hace con suficiente fuerza como para dejar poso.
