100 Yards: artes marciales, honor y pura elegancia en movimiento

La historia de 100 Yards nos lleva a la China del norte en los años 20, donde Qi Quan, un alumno aventajado, regresa a su academia de artes marciales para disputar un duelo formal que decidirá quién se pondrá al frente de la escuela. Su rival es Shen An, hijo del maestro enfermo que dirige el lugar. Qi Quan vence en el combate y, con el último aliento de su maestro, asume el liderazgo de la academia. Pero, claro, Shen An no está precisamente dispuesto a aceptar el resultado con una sonrisa, y hará todo lo posible por recuperar lo que considera suyo.

A partir de ahí, la película se mete de lleno en una maraña de tensiones internas, intereses sociales, rivalidades familiares y deseos enfrentados. Todo se complica todavía más con un padre que quiere apartar a su hijo del mundo marcial, con sentimientos amorosos que empiezan a florecer entre varios personajes y con el rumor de una técnica secreta que Qi Quan nunca llegó a aprender: la cuarta técnica de espada corta. Una habilidad que podría marcar la diferencia en la revancha contra Shen An, prevista para dentro de dos semanas… si ambos llegan a esperar tanto.

Con 100 Yards, Xu Haofeng vuelve a demostrar varias cosas. La primera, y seguramente la más importante: cuando algo funciona, no hace falta reinventarlo porque sí. El cine clásico de artes marciales sigue teniendo una fuerza brutal cuando cae en manos de alguien que entiende de verdad este lenguaje. La historia puede parecer algo enrevesada al principio, incluso puede costar ubicar del todo a quién deberíamos apoyar en esta lucha de egos, linaje y legitimidad, pero una vez entra en ritmo, la película te agarra con firmeza. Al final, estamos ante un relato muy clásico dentro del género: dos hombres convencidos de que merecen liderar una escuela y dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias para conseguirlo.

Ese universo marcial, además, está gobernado por normas muy concretas. Entre ellas, destaca una clave para toda la trama: los duelos no pueden celebrarse en público y, una vez lanzado el desafío, hay dos semanas de preparación antes del combate. Es precisamente en ese intervalo cuando Qi Quan se embarca en la búsqueda de la famosa cuarta técnica de espada corta, y en el camino conoce a Gui Yung, pieza fundamental en la historia. Mientras tanto, cualquier enfrentamiento entre Qi Quan y Shen An debe producirse fuera de la vista de la multitud, apartando a curiosos casi a la carrera, incluso sobornándolos con fruta, detalle tan extraño como maravilloso. A eso se suman los movimientos de los ancianos de la academia, las tensiones por el control del lugar y hasta un par de asesinatos que terminan de enredarlo todo.

Lo que deja claro 100 Yards es que estamos ante la obra de un auténtico maestro. Xu Haofeng demuestra que se puede ser un erudito absoluto de las artes marciales, casi un académico del tema, y al mismo tiempo tener el pulso, la visión y el talento para firmar secuencias de acción espectaculares. Su devoción de toda la vida por este mundo, por su estudio y por su práctica, se nota en cada plano. Y eso no hace sino reforzar la idea de que estamos ante uno de los grandes nombres del cine de artes marciales actual.

Pero aquí no brilla solo Xu. 100 Yards es también el trabajo de varios maestros reunidos. La codirección con su hermano Junfeng suma solidez al conjunto, la coreografía de acción a cargo de Duncan Leung —alumno del legendario Ip Man— eleva el nivel de cada enfrentamiento, y el trabajo de cámara de Dao Shan es una auténtica barbaridad. Hay un movimiento en la cámara que enamora: fluye con una naturalidad tremenda, casi como esas cámaras errantes y elegantes que asociamos al mejor Scorsese. Y visualmente, la película está rodada con una sensibilidad artística que por momentos recuerda al nivel de detalle y belleza de las obras de Zhang Yimou.

Y luego está lo importante: las peleas. Porque sí, aquí hemos venido a ver mamporros con arte, y 100 Yards cumple de sobra. Las artes marciales que muestra esta película están, sin exagerar, entre las mejores que podemos ver hoy en día. Son rápidas, precisas y, milagro de los tiempos modernos, se entienden perfectamente. La acción está filmada con claridad, respetando algo tan básico y tan olvidado como la regla de los 180 grados, y la cámara no se pone histérica ni se dedica a cortar cada medio segundo como si le diera alergia enseñar el movimiento completo. Aquí se ve todo: cada gesto, cada desplazamiento, cada golpe y cada floreo. Y eso, en el cine de artes marciales, vale oro.

Incluso el gran combate final es una exhibición de estilos, disciplinas y filosofía marcial. Retomando esa idea de que lo clásico nunca pasa de moda, el clímax responde precisamente a esa estructura de manual que, cuando está bien hecha, sigue funcionando como un reloj: ahora que has dominado la cuarta técnica de espada corta, toca demostrar que puede imponerse a cualquier otro estilo. Y seamos serios: si alguien llega a 100 Yards buscando grandes escenas de acción marcial y sale decepcionado, igual el problema no es la película, es que vio la pantalla con los ojos cosidos. Porque encontrarle pegas a la acción de esta cinta roza lo imposible. Está así de bien.

En el reparto, Jacky Heung como Shen An y Andy On como Qi Quan están estupendos y cumplen con creces en sus respectivos papeles. Pero si hay que destacar una interpretación por encima del resto, esa es la de Shiyi Tang como Gui Yung. Y aquí hay materia prima muy seria. Graduada por la Beijing Dance Academy y bailarina profesional de danza clásica china, Tang arrasa en una de las secuencias de acción más potentes del arranque. Tiene esa presencia física elegante, medida y afilada que inevitablemente recuerda a figuras como Michelle Yeoh o Zhang Ziyi, actrices con formación en danza que supieron trasladar esa disciplina al cine de acción con una naturalidad brutal. Desde luego, Shiyi Tang es un nombre al que conviene seguir la pista muy de cerca si continúa explorando este terreno, porque aquí está sencillamente fantástica.

En el fondo, lo que hace especial a 100 Yards es el respeto absoluto con el que Xu Haofeng se acerca siempre a este universo. Su crianza dentro del mundo de las artes marciales, su veneración por esta forma de vida y por todo lo que representa, se traducen en una película hecha con mimo, conocimiento y una convicción total. Puede que en su núcleo sea una historia clásica de rivalidad, honor, política y amor, pero alrededor de ese corazón Xu, su hermano y todo el equipo han construido una auténtica maravilla del cine marcial. Una película elegante, intensa, compleja y visualmente deslumbrante. Xu Haofeng no solo es uno de los mejores cineastas que trabajan hoy en este género; es, directamente, uno de esos nombres que dejan huella.